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domingo, 19 de abril de 2009

Scarlett en XL Semanal

Este fin de semana nuestra Scarlett ha sido portada de XL Semanal. Anarroseamos íntegramente el reportaje. (No dice nada nuevo, pero aún así...)



Tiene un cuerpo para el pecado y una mente para los negocios. Es la actriz más demandada por la publicidad y Maneja con habilidad financiera su fortuna. Mostramos la cara más desconocida de esta rubia de oro cuando está a punto de estrenar `¿qué les pasa a los hombres?´.¿Qué demonios le ha pasado a Scarlett Johansson? La mujer elegante y reposada, embutida en un ceñidísimo vestido de Louis Vuitton y con una capa de maquillaje de un centímetro, reclinada en el sofá de un hotel londinense, tiene poco que ver con la princesa indie que, según cuentan, tenía sexo en los ascensores. Ni siquiera es rubia ya. «Oh, sólo es un tinte de pelo», suspira Johansson. Al primer vistazo no llaman la atención sus curvas, que sería lo obvio, sino la delicadeza de sus manos; las uñas muy cuidadas, de una convexa y pulcra perfección. «Tengo un carácter obsesivo. Soy capaz de hacerme la manicura a las tres de la mañana.» Su voz es sorprendentemente masculina, de barítono, y suena como una tira de velcro que se despega con lentitud. En los castings le suelen preguntar si está acatarrada.«Seré morena, rubia, pelirroja... Cuando trabajas, mantienes el mismo look durante una temporada. Y cuando terminas el contrato, te cortas el pelo y algo de ti cambia. Quizá haya cambiado un poquito de mí», concede. Por supuesto, sigue deslumbrantemente hermosa. Eso no ha cambiado. Y pequeña. Es un taponcito de 1,63 metros. Su piel irradia claridad; es tan pálida, tan delicada, que tiene una cualidad diáfana. Dicen que ya utiliza potingues antienvejecimiento. Y eso que sólo tiene 24 años. Resulta más impactante al natural que Keira Knightley o Sienna Miller. No obstante, me sorprende lo delgada que está. ¿Qué fue de aquella chica voluptuosa que comparaban con Marilyn Monroe, ambas adoradas como iconos sexuales y subestimadas como actrices? Su contorno de cintura no debe de medir más de 58 centímetros.Ha volado hasta Londres en una visita relámpago como nueva cara del champán Moët & Chandon. Los que manejan su carrera me han enviado un correo electrónico advirtiéndome de que la chica no contestará a ninguna pregunta sobre su vida privada, pero que de buena gana responderá a cualquier consulta sobre su amor al champán. Lo curioso es que ella apenas bebe. ¿Qué importa? Johansson se ha convertido en la musa más rentable de la publicidad. También tiene contratos con L’Oréal y Dolce & Gabanna. Ha hecho anuncios para un perfume de Calvin Klein y la casa francesa Louis Vuitton. Además, tiene una línea de ropa deportiva de la marca Reebok. No, decididamente ya no es una ingenua muchachita indie. Adiós a la Scarlett Johansson que nos enamoró versionando a Pretenders en un karaoke de Tokio ante un Bill Murray al que sólo le faltaba babear. La actriz revelación en Lost in translation ahora se dedica a los negocios. Para ser precisos, ella es el negocio.Según la revista Forbes, el año pasado ganó cinco millones de dólares. No es de las actrices mejor pagadas, apenas es un tercio de lo que se embolsa Angelina Jolie. Johansson llegó a ganar 16 millones anuales, pero la crisis también está afectando a las estrellas de Hollywood. Lo llamativo es que su fuente de ingresos principal ya no es el cine, sino la publicidad.
(Me encanta coger cosas con los pies)
La suya es una historia familiar, una trayectoria típica de muchacha alfa: estrella de cine creíble con figura de sirena se convierte en un bien de consumo global. Pronto llegan las películas taquilleras. En mayo se estrena en España ¿Qué les pasa a los hombres?, con Jennifer Aniston, Jennifer Connelly y Drew Barrymore, un póquer de damas imbatible. Todo el mundo quiere una participación en los jugosos dividendos. «Tengo una ambición saludable», explica sin tapujos ni remordimientos. Un amigo de juventud la describía así: «Era muy segura de sí misma, sabía exactamente lo que quería. Era ahorradora y un lince para las finanzas». Se compró una mansión en las colinas de Hollywood valorada en ocho millones de dólares con siete dormitorios y siete cuartos de baño.Durante la entrevista lleva puesta su cara para los negocios. Se nota en sus gestos medidos, en sus respuestas vagas y superficiales. Sorprende su escasa vivacidad, su languidez. Parece estar conforme y hasta encantada, o por lo menos cómoda, con la aceptación de su estereotipo como rubia estúpida, a pesar de que su inteligencia salta a la vista. «Vivimos en una época en la que a todos nos encuadran en categorías», reflexiona, aparentemente resignada, mientras se encoge de hombros. «O eres morena y misteriosa o rubia con pocas luces o la inteligente vecinita de la puerta de enfrente. Es difícil que no te encasillen y te pongan en un rincón. Pero conforme te vas haciendo mayor, vas teniendo más expectativas; hay otras categorías a tu alcance.» Tiene una madurez impropia para su edad, pero ella ya dijo que puede identificarse con su abuela octogenaria tanto o más que con sus hermanos. Y jura y perjura que tiene muchas ganas de dejar de ser un sex-symbol.



Quizá esa madurez la ayuda a sobrellevar el constante escrutinio público de su físico. Hace un tiempo existía una auténtica obsesión globalizada con sus pechos, hasta el punto de que el diseñador de moda Isaac Mizrahi los manoseó sobre la alfombra roja. Johansson lucía un modelo vertiginoso de Valentino y sus senos parecían derramarse por el escote. «Fue horrible, no sabía qué hacer, cómo reaccionar. Fue muy embarazoso», recuerda. La obsesión continúa, aunque ahora se ha desplazado de su exuberancia de antaño a su reciente pérdida de peso (dicen que por exigencias de guión en su próxima película), quizá porque siempre ha presumido de disfrutar comiendo y ha criticado la enfermiza obcecación con las dietas. «Cuando estás recién llegada a esta industria, te hace gracia que estén tan pendientes de ti. Pero la gente está obsesionada; obsesionada con mi peso, con mis curvas. Es demencial. Yo tengo mi propio baremo de cómo me gusta estar. Soy una persona sana. Me cuido.»Asegura que no está operada: ni sus pechos ni sus labios ni su nariz han sido retocados por el bisturí; todo lo más, su silueta ha sido estilizada con Photoshop para una campaña publicitaria. Y está dispuesta a querellarse contra aquel que diga lo contrario. Aguanta la presión como puede. «Todo el mundo en Hollywood está tan jodidamente delgado que sientes a menudo que no das la talla. He tenido días en que me he sentido gorda. Es difícil no ceder a la presión en esta industria, quizá por eso utilizas cremas antiarrugas con apenas 20 años. Intento que la presión no pueda conmigo, pero Los Ángeles es una ciudad muy dura para vivir, a no ser que tengas allí gente que de verdad te quiera. Puede ser un lugar muy, muy solitario si no tienes a nadie que se preocupe por ti.» Por descontado, habrá vida cuando el físico no acompañe. «Veo mi carrera cinematográfica en la producción y en la dirección.»Nació en Nueva York el 22 de noviembre de 1984 y se diría que toda su vida ha estado preparándose para ser actriz. Hija de un arquitecto danés y de una productora de cine de origen judío askenazí, se crio en el Bronx. Su abuelo paterno fue guionista y director cinematográfico. Johansson define su infancia como normal. «Vivía en un barrio corriente e iba a una escuela ordinaria.» Pero no es exacto. Sus padres la matricularon en una escuela especializada en niños profesionales y después en el prestigioso Lee Strasberg Theatre Institute, donde recibió formación teatral. Debutó en los escenarios a los ocho años. Consiguió varios papeles secundarios en el cine, hasta que a los 13 años dio el campanazo interpretando a la niña que pierde una pierna en El hombre que susurraba a los caballos. «Siempre tuve la suerte de hacer lo que quería. Mis padres fueron muy abiertos en ese sentido. Actuar era mi pasión. Quería aparecer en musicales, dar clases de danza», rememora.Así que lleva en el negocio 16 años. Ella describe la mejor parte de su trabajo con un etéreo: «La magia de las películas». Pero esa expresión grandilocuente te deja frío cuando consideras sus últimas elecciones: Iron Man 2, Diario de una niñera… Por supuesto, la chica tiene derecho a su trozo de pastel. Y, además, sabe defenderse: «Me llegan toneladas de guiones, pero muchos son horribles. Películas para adolescentes sobre chicas con deformidades que se convierten en animadoras del equipo del instituto y se casan con el rey del baile de graduación». Además, ¡qué caray!, es el ojito derecho de Woody Allen, a cuyas órdenes ha trabajado ya en tres películas. «Adoro a Woody. Tenemos tanto en común... Los dos somos neoyorquinos y judíos. Y tenemos muy buena relación.» Su beso con Penélope Cruz en Vicky Cristina Barcelona generó tanto morbo que ambas actrices se hartaron de que les preguntasen por él. «No fue nada sexy. Estábamos rodeadas de 60 personas del equipo de rodaje comiendo bocadillos de salami. Fue lo menos sexy que uno se pueda imaginar», sentenció Johansson. Pe no la contradijo.El año pasado se casó por sorpresa y en secreto con un guaperas de Hollywood, el actor Ryan Reinolds. De un plumazo acalló los rumores que la emparejaban con Benicio del Toro, Josh Harnet, Jared Leto y… ¡Barack Obama! No obstante, colaboró en su campaña electoral. De su matrimonio no suelta prenda. Se sabe que le ha pedido a su marido que no vaya en moto después de que éste sufriera un accidente de tráfico. Que lo de tener hijos es una aspiración a largo plazo. Que la monogamia es un duro aprendizaje, sobre todo para los actores, que durante semanas de rodaje mantienen una relación con su pareja estrictamente telefónica. Y poco más... «Se trata de mi vida privada», me advierte con un levísimo, pero perceptible, tinte autoritario. Cuando le digo que no me interesa su vida privada, no reacciona inmediatamente. Descolocada, quizá incrédula. Luego piensa en voz alta: «¿Por qué la gente sólo quiere saber las cosas que yo no quiero contar? Para mí sería mucho más interesante leer sobre cómo me preparo para un papel, supongo que porque soy actriz».



¿Por eso se desnudó para la portada de una revista?, le pregunto. «Eso fue diferente para mí. Yo sabía que sería un retrato hermoso. Lo cual no quiere decir que tu cuerpo no sea sagrado; si fuera algo de mal gusto o un posado para una publicación gratuita, no me interesaría. Soy una persona sensible, hipersensible. No pertenezco a nadie. ¡Joder, no! La gente echa la caña para pescar cosas. Son muy avariciosos sonsacando información, así que mantengo a salvo esas cosas que para mí son sagradas, porque ahí estoy yo. Y no me considero un modelo de conducta para nadie. Sólo soy yo», se queja. Y suena sincera. Incluso dicen que en sus películas incluye una cláusula innegociable: no aparecer desnuda.Sin embargo, ella sí es un modelo de conducta. En 2008 causó una tormenta mediática cuando admitió que se hacía el test del VIH dos veces al año. «Me trataron como si fuera una vagabunda. Oh, se hace la prueba del sida... ¡Scarlett tiene relaciones sexuales! Pero yo estaba soltera entonces. Tenía que hacérmelo. Es casi obligatorio. ¿Por qué no me lo iba a hacer? Fue una reacción muy extraña. Bueno, por lo menos el tema puede servir para comenzar una conversación», ironiza. Como los supuestos flirteos con otros famosos o los rumores sobre sus escarceos en los ascensores. «Te lo tienes que tragar», suspira. «Es frustrante, pero no soy una persona a la que le gusten las controversias. Sencillamente, espero a que el asunto se desinfle.»Quizá se casó con el actor Ryan Reynolds para poner freno a aquello. Admite que los hombres le han hecho daño en el pasado. «Sí, por supuesto.» E insiste en que no hay una edad perfecta para casarse. «Cuando sabes que es tu hombre, sencillamente te lanzas de cabeza a la piscina», explica. «No es ni siquiera que estés preparada para casarte. Debe ser algo que te apetezca hacer, una manera de expresar tu amor. Para algunas personas, eso ocurre muchas veces. Tú esperas que no. Pero mi madre se casó dos veces. Las dos parecía que iba a ser para siempre.»Mañana vuela de regreso a Los Ángeles. Habrá permanecido en Londres poco más de un día. Por lo menos, esta noche hay fiesta. «Sí, ¡qué bien! Es agradable soltarse un rato, especialmente después de hacer entrevistas. Sé que suena poco original, pero realmente lo he pasado en grande trabajando con todo el mundo en Moët.» ¿De verdad le gustan las fiestas en las que, esencialmente, a ella le pagan por aparecer? «Algunas veces», responde cautelosa. «A menudo invito a amigos míos, así que no consiste todo en saludar a un montón de gente a la que no conoces.»Más tarde, la espío en la fiesta, rodeada de su séquito. Una botella gigante de champán aparece en escena mientras una máquina de humo crea una atmósfera de discoteca bastante kitsch. Un crescendo musical anuncia el momento estelar, mientras Johansson, tímida, es llevada al centro del escenario. Ella no dice nada, no hace nada, excepto sonreír. El espectáculo es tan lujoso como ridículo, pero si Johansson está avergonzada, no lo demuestra. Cuando le pregunto, recurre a su lado profesional. «En estos tiempos de preocupaciones financieras, el champán es un modo asequible de celebrar, de marcar la ocasión.» Buena chica.
Camilla Long

1 comentario:

Im_love_scarlett dijo...

esta leyendo el comentario de el lector enojado por que pones los pechos de "scarlett" obiamente la fot montada ! es cierto tambien me parece una falta de respeto pero como tu dices alque no le guste que no entre! repetable tu opinion como la de los demas! en fin si no fuera por esa foto me ubiese encantado tu blog pero me gusto! besos